España camina hacia su 2da. transición
- 31 dic 2015
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Toda transición política, y España comienza a vivir una segunda, emerge de una situación de empate. Requiere por eso de una coalición efectiva de fuerzas que antes se combatían entre sí. Pablo Iglesias podría ser el Felipe González del siglo XXI.

Lo que se conoce técnicamente como “la transición política española” se inicia con la muerte de Franco en 1975 y concluye cuando el país ingresa como miembro pleno de la OTAN en 1982 y de la Unión Europea, en 1986.
Los politólogos coinciden en señalar que la española fue una especie de “ruptura pactada” y la elogian precisamente por haber resuelto de forma armoniosa y medianamente satisfactoria para todas las partes, un pleito histórico descomunal como el de la guerra civil (1936-1939). Los bandos que décadas atrás se acribillaban en las calles de Pamplona o la Guernica, empezaron a resolver de pronto sus discrepancias de manera apaciguada: casi un milagro.
Tanta cordura hubiera sido imposible si no se hubiera producido antes un empate que obligó a los bandos a sentarse alrededor de una mesa de negociaciones. La condición inaugural de una transición es entonces un momento de incertidumbre en el que ninguna de las fuerzas en disputa es capaz de derrotar a las demás con sus propios medios. Las alianzas resultan por tanto imprescindibles para salir del pantano. Así, dado que no hay una potencia triunfante, como podría suceder en una guerra, el único acuerdo posible es aquel basado en las reglas que dirimirán la disputa. En el caso de España, la regla acordada por todos terminó siendo el voto en las urnas.
De ese modo, ser derrotado por la contundencia del sufragio resultaba ser un precio amigable a pagar para cualquiera de los participantes. Por ello, los ex franquistas no resintieron mucho los golpes electorales de inicio y organizaron sus adhesiones populares para volver al gobierno tras una década y media de paciente espera. Por su parte, socialistas y comunistas obtuvieron la oportunidad de gobernar en distintos ámbitos estatales sin tener que empuñar las armas ni implantar la revolución. De su lado, los nacionalistas vascos, catalanes o gallegos lograron la ocasión de gobernar en sus regiones y construir una vida cada vez más autónoma con respecto del centro. La transición dio espacio para todos, menos para ETA que se fue calcinando en su propia violencia fratricida.
Sin embargo, para que la “ruptura pactada” pueda darse, era indispensable un actor de la transición, es decir, un conglomerado de fuerzas políticas que termine con el empate y defina el rumbo de los acontecimientos. En la España de su primera transición, dicho bloque estuvo conformado por los franquistas moderados y por la oposición conciliadora y democrática. Ese abanico terminó marginando a los “duros” de ambos bandos, es decir, a los franquistas ortodoxos o “inmovilistas” y a los opositores nostálgicos de la guerra civil, quienes aspiraban a barrer a la dictadura con violencia.
Una vez triunfante, la alianza de moderados de ambos bandos ya pudo darse el lujo de fracturarse, dando pie a una competencia entre sus integrantes. Adolfo Suárez se llevó el primera instancia las glorias (1977), encumbrando a los franquistas moderados de la Unión de Centro Democrático (UCD). En la segunda ronda, el héroe de la transición terminó siendo Felipe González, quien puso a los socialistas durante más de una década en el gobierno y llevó a España al entramado de alianzas que la tienen ahora como miembro de la Unión Europea y de la OTAN.
Lo que se viene
Ha sido Pablo Iglesias, el líder de Podemos, la tercera fuerza más votada el reciente 20 de diciembre, quien ha planteado la hipótesis de una segunda transición. Está en lo cierto. Ahora, como en los años 70, hay un virtual empate y un equilibrio de fuerzas. Los dos partidos grandes, el PP y el PSOE, se han convertido en medianos, y las dos organizaciones que hasta hace poco eran inexistentes, Podemos y Ciudadanos, han crecido lo suficiente como para tener que ser tomadas en cuenta. El exclusivo club de dos tiene ahora que dar espacio al doble de socios, todo un salto. Nadie puede barrer con el adversario, hay que sentarse a conversar.
De modo que el PSOE puede jugar ahora el papel de Suárez y sus jóvenes reformistas. Ha ocupado el segundo lugar con su peor resultado electoral de la historia, pero conserva la ventaja de tener un pasado de izquierda que lo conecta con las nuevas tendencias. A diferencia del PP e igual que Suárez, forma parte del régimen, pero tiene la disposición y cierta credibilidad para dar un viraje hacia lo nuevo.
Por su parte, Podemos sabe que su momento aún no ha llegado, pero que es la fuerza política del porvenir. Al igual que el PSOE de los años 70 y 80, necesita mostrarse viable y concertador para ir ampliando su respaldo en los segmentos del electorado más temerosos de los cambios. Por ello, puede mostrar su disposición a concertar con los socialistas un programa de transición que inicie las medidas de cambio que en una siguiente elección terminarían por catapultarlo hasta el timón del proceso. En tal sentido, Iglesias podría ser el Felipe González del siglo XXI.
Todo ello pasaría por redactar una nueva Constitución que reformule el pacto autonómico desbordado por el nacionalismo catalán bajo su exigencia de soberanía plena. Ello implica, por tanto, un nuevo acuerdo entre un eventual gobierno PSOE-Podemos con la diversidad plurinacional del país.
En el camino, quedarían, derrotados pero no aniquilados y en pos de una reinvención necesaria, el PP y Ciudadanos, las fuerzas partidarias de la derecha que al igual que en la primera transición requieren de un lugar en el foro. En una transición no hay ni triunfadores ni derrotados absolutos.
Como vemos la recomposición del tablero político español pondría en marcha una extensa plataforma de reformas, todas ellas orientadas a mejorar la calidad de la democracia y a restablecer lentamente el estado de bienestar que la crisis ayudó a desmantelar. Del mismo modo, traería consigo aires de renovación generacional sin por ello, desmontar los logros alcanzados en el siglo previo.
En conclusión, Podemos e Iglesias no traen la revolución consigo, sino una nueva ruptura, tan pactada y arbitrada por el voto como la ocurrida tras la muerte de Franco. Nada nuevo y sin embargo, todo tan esperanzador.








































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