Lo que nos espera con un planeta 4 grados más caliente
- Rafael Archondo
- 17 dic 2015
- 5 Min. de lectura
Es bueno que usted lo sepa: Los Andes y el Pacífico Sur son los peores lugares para vivir cuando se calculan los efectos del llamado cambio climático. Es aquí donde la naturaleza golpeará con más fuerza. Ha empezado en Lima, Perú, la vigésima Conferencia de las Partes (COP20), la cumbre de Naciones Unidas que debatirá, como cada año, qué hacer para enfrentar el calentamiento global. Acá miramos sobre nuestra realidad y esperamos asustar lo suficiente para que finalmente se haga algo a fin de evitar el desastre.

Van dos décadas en las que la Humanidad discute sin mucha prisa qué hacer frente al ascenso de las temperaturas en el planeta. Desde la COP1 realizada en Berlín, Alemania, hasta la COP20, que acaba de inaugurarse en Lima, Perú; han sido escasos los avances anuales para contener el termostato de la Tierra.
Si queremos que el mundo deje de tener fiebre, los países están obligados a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. Eso significa, entre otras cosas, dejar petróleo sin refinar en el subsuelo, disminuir el uso de combustibles fósiles (gas, gasolina, diesel, carbón), frenar la expansión de los cultivos agrícolas y las praderas para el ganado, recurrir a fuentes de energías limpias como el viento o el sol, y dejar de derrochar electricidad. Apagar la luz por un día, así sea el día el planeta, no ayuda casi en nada. Estamos al borde del precipicio.
Si no se firman compromisos inmediatos, al menos hasta la COP21 de París, Francia, los científicos aseguran que el incremento global de la temperatura ya no será de dos, sino de cuatro grados. ¿Qué significa esto para nuestra vida en concreto? De acuerdo a las reflexiones de Dirk Hoffmann y Cecilia Requena, autores del libro: “Bolivia en un Mundo 4 Grados más caliente” (2012), pasar de dos a cuatro nos acerca bastante a un mundo hostil para la vida humana. Los autores señalan que alcanzar esa temperatura desencadenará cambios que ya no serán más lineales y graduales, sino “abruptos y cualitativos”. Eso quiere decir que se quebrantarán los sistemas de vida para entrar a una “inestabilidad sistémica”, que duraría siglos.
¿Hubo tanto calor antes como el que vamos teniendo ahora? Si queremos encontrar una situación parecida en la larga historia de la Tierra, debemos retroceder 55 millones de años. Jörg Elbers (2010) sostiene que en apenas 200 años de chimeneas construidas desde la Revolución Industrial, los humanos hemos hecho que el planeta esté retornando a esa era caliente. En ese entonces, por el descongelamiento de los polos, los océanos subieron su nivel en 70 metros: una locura.
¿Cómo hemos hecho semejante daño? En estos últimos dos siglos, la especie humana ha quemado toneladas de carbón y leña, primero, y luego petróleo y gas, para hacer funcionar sus máquinas. De ese modo, hemos liberado a la atmósfera cantidades gigantescas de dióxido de carbono, algo de lo que quizás solo todos los volcanes del mundo serían capaces, si hicieran irrupción al mismo tiempo.
Pues bien, esas emisiones de gases impiden que el calor salga del planeta, lo retienen y crean lo que se llama “un efecto invernadero”, que es como poner una lona transparente sobre un sitio cerrado, que deja entrar el calor, pero no deja que salga del mismo modo. El resultado es un mundo con fiebre.
¿Qué consecuencias tiene esto? Los científicos tratan de predecir los efectos hasta el año 2100, considerado como un momento crítico para los terrícolas que somos. El escenario más optimista habla de un aumento de la temperatura de 1,6 grados, el más pesimista, de un alza en 7, un futuro fatídico. Por ello, el escenario intermedio tiende a ser el más probable y está entre los 3 y los 5. ¿Para cuándo podríamos llegar a eso? Los cálculos difieren, pero más o menos estiman que sería alrededor de 2060, pero no faltan los que aseguran que será tres décadas antes.
Bolivia
Pero vayamos a lo que nos interesa más: nuestro pellejo. Hofmann y Requena (2012) desatan justificadas preocupaciones. Los efectos del cambio climático no son iguales para todo el mundo, son más drásticos en las zonas de alta montaña. Un cuarto del territorio boliviano sería el más golpeado en los próximos años: el altiplano norte, central y sur y las cordilleras Occidental y Oriental, sí ahí donde usted está, quizás, leyendo este artículo.
Tiene lógica: mientras más se aleja uno del mar, menor será la disipación del calor y, a medida que uno sube, el fenómeno se agrava. Ello, sumado a la disminución de las lluvias, pondrá en serios aprietos a los encargados de proporcionar agua potable a una población, que además, está en franco crecimiento. Si a ello se suma la deforestación, que en Bolivia es una de las más aceleradas y expansivas del mundo, el cóctel está servido. Los cálculos advierten que si el mundo sube en 4 grados su temperatura global, en Los Andes experimentaremos un ascenso de 6.
Como ya se sabe, la consecuencia más palpable para Bolivia es el derretimiento de los glaciares. Cientos de partículas de ceniza, expulsadas por los “chaqueos”, opacan el color blanco de la nieve y hacen que los rayos solares actúen con más potencia. Por ello, los mantos nevados de muchos colosos de la cordillera ya padecen una visible reducción. Ello implica menos agua para los habitantes de los alrededores, allí donde vive un tercio de los bolivianos. Se estima que el 15% del agua que bebemos agua proviene de los deshielos. También se dice que en 2030, los glaciares estarán encogidos en la mitad de su tamaño actual. Suerte similar correrían los grandes recipientes de agua como el lago Titicaca, condenado por el clima a reducir su volumen y tamaño.
“Responsabilidades comunes, pero diferenciadas”. Ese es el término favorito de muchos negociadores en las COP anuales. Consiste en señalar que si bien el cambio climático es una preocupación de todos y afecta por igual a toda la especie, no todos deben sentirse igualmente culpables. Hay países y economías que han explotado más las fuentes sucias de energía, y que por eso han acelerado con más ahínco los males. A esos “truhanes” se les busca aplicar “justicia climática”, es decir, la exigencia de que repongan las mermas y mediante esas compensaciones, permitan invertir en acciones inmediatas y costosas para rediseñar los motores del mundo.
Hasta aquí, Bolivia ha levantado el dedo acusador con frecuencia. Lo ha hecho para diferenciar responsabilidades y reacomodar las cargas. Lo ha hecho para que los países industrializados paguen su deuda histórica con la naturaleza. Sin embargo también hay quienes nos preguntan cómo andamos por casa. Aunque Bolivia contribuye con una cuota casi insignificante con la expulsión de gases de efecto invernadero, si se procede a calcular emisiones por habitante, estamos a la par de Rusia, Japón o Brasil. Este sitial se lo debemos al modo en que deforestamos. La ampliación de la frontera agrícola, la destrucción de los parques naturales y el afán de convertirnos en una potencia intermedia en Sudamérica alimenta esta cifra de una manera notable. Habrá qué ver cómo modulamos esta vez nuestra voz en Lima, nosotros, los amigos “íntimos” de la Pachamama.