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La estafa y el realismo


El escaparate de enemigos del capitalismo está abarrotado de figuritas enclenques, todas ellas bastante publicitadas, aunque ninguna con la fortaleza suficiente para enfrentarlo con solvencia.

Este siglo, cuya primera década y media ya hemos consumido, aparentaba ser hasta hace poco, el último destinado a dar cobijo al modo de vida movido por el capital. Una a una, las democracias de Sudamérica se vieron atraídas por respuestas impugnadoras del llamado Consenso de Washington y hasta recuperaron vigor potencias alternas como Rusia o China. Parecía gestarse una revolución global.

Pues resulta que han comenzado a arriarse algunas de esas banderas políticas y todavía no contamos con una alternativa real al capitalismo. Lo que sí tenemos es una reiteración, esta vez más exitosa, de los gobiernos soberanos de la década del 50. La izquierda en el poder ha repuesto las ideas nacionalistas de antaño, les ha inyectado una pizca de radicalismo discursivo, imágenes del Che Guevara por doquier y una andanada de actos simbólicos de indudable valor testimonial. A pesar de estos logros, ni hay aún siquiera indicios, así sean solo teóricos, de lo que podría ser una sociedad, una política y una economía de nuevo cuño.

Lo que tenemos es una hilera de gobiernos anti-neoliberales, pero ninguno anti-capitalista. Y es que para serlo, tendrían que haber modificado de algún modo las relaciones entre los seres humanos, dejando atrás el afán de lucro y el predominio del dinero. Lo que tenemos son Estados más fuertes en estrecha alianza con las grandes empresas privadas. El esquema produce innegables frutos, sobre todo en materia de redistribución de recursos hacia los más pobres, pero está lejos de poner en duda al capitalismo, que lo que ha hecho es revigorizarse gracias a la estabilidad política alcanzada.

Hasta aquí conocimos dos modos de justificar esta “estafa”. La primera ha sido prometer el socialismo para los siguientes cien años. Se dice que el avance es gradual y que una acción combinada del Estado con la sociedad irán poco a poco montando un modelo de reemplazo o sustitución. Es la vía paciente y silenciosa. La otra excusa es aún más sofisticada y consiste en asegurar que el capitalismo más moderno de hoy es, en la práctica, la sociedad prometida. Se argumenta que la inclusión social, los bonos, el ascenso de las nuevas clases medias, las obras de infraestructura y el reflotado orgullo nacional son los ingredientes de este nuevo mundo post-neo liberal. No yerran al decirlo. El haber reconducido los excedentes económicos hacia el bien común no es un logro menor, sin embargo, aquella dista mucho de ser una alternativa anti-capitalista. Lo que tenemos es un mejor y más eficiente modo de hacer lo mismo en condiciones de mayor soberanía y apropiación estatal.

Si esto es así, ¿no valdría la pena archivar la meta original y proclamar el triunfo de un capitalismo propio despojado de sus resabios coloniales? Tal confesión sería un acto de excesivo realismo para nuestros actuales gobernantes. Implicaría admitir que han abrazado las ideas de la socialdemocracia y que sus referentes ideológicos merecen ser empaquetados en la paz de los museos.

Queda entonces aún una tercera excusa para eludir el bochorno. Ésta consiste en proclamar que el socialismo del mañana será un sistema basado en la comunidad local, ancestral o reconstituida, que es parte del legado indígena latinoamericano. Sin embargo, he ahí el detalle: la izquierda en el poder ha optado por modernizar la sociedad y con ello, acelerar la disolución de las comunidades que le ayudaron a vencer. De modo que por ahí, tampoco podemos eludir ni el realismo ni la estafa.

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