¿Adiós al Consejo de Seguridad?
- Rafael Archondo
- 16 dic 2015
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Usando la palestra, que se concede a quien preside la reunión, Bolivia lanzó una idea aventurada en el G77: ¿Y si disolvemos el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? A primera oída, la propuesta resuena seductora. Qué chispeante forma de adornar el cumpleaños número 50 de la coalición reunida en Santa Cruz.
Imaginemos por un instante, cómo sería Naciones Unidas si la audaz idea boliviana fuera puesta en práctica. Una vez clausurado el Consejo de Seguridad, las decisiones pasarían a manos de la Asamblea General. De solo pensarlo, me invade el vértigo. Estamos hablando de que el voto de Estados Unidos o Australia pesaría exactamente lo mismo que el de Samoa, Uganda o Haití. Quedarían abiertas así las puertas a una democracia planetaria, en la cual la mayor cantidad de estados representados en Nueva York, gobernaría el mundo, tal como se supone, lo hace ahora el denostado Consejo de Seguridad.
De la supremacía de cinco (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido) pasaríamos al reinado de al menos 97. Por primera vez, un núcleo estable de delegados latinoamericanos, asiáticos y africanos definiría el curso de la Humanidad. Los países ricos suman hoy un promedio de 51 votos, es decir, jamás podrían imponer sus criterios, salvo que ofrecieran cuantiosos sobornos para tejer mayorías volátiles y rezongonas. Baste recordar que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), el antagonista habitual del G77, solo congrega 34 estandartes. Los más prósperos suelen ser siempre una minoría.
Contrariamente a lo que supone el proponente boliviano, una ONU gobernada por la Asamblea General, es decir, por sus 193 miembros, hubiese decidido en 2011, tal como hizo el Consejo de Seguridad, una intervención militar en Libia. Y es que a Qaddaffi no lo respaldaba ni la Liga Árabe. Peor aún. Es probable que el nuevo poder cimentado en el voto igualitario y sin derecho a veto, también hubiera determinado, pese al lamento de Putin, una incursión armada en Siria y, lo que ya es digno de una cinta de ciencia ficción, habría ordenado el desalojo de las tropas rusas de la península de Crimea. Y claro, usted ya se ha percatado de cómo serían las cosas. Bastaría con aproximarse al centenar de votos para convertirse en el arquitecto de una operación militar punitiva. En un mundo así, la Sudáfrica del apartheid hubiera sucumbido en un mes, lo mismo que el bloqueo norteamericano a Cuba, el golpe de Estado contra Zelaya en Honduras o la destitución congresal de Lugo en Paraguay. Cualquier hecho repudiado en masa por la comunidad internacional merecería la inmediata reacción de la Asamblea General, convertida de pronto en el auténtico gendarme planetario, rol que no siempre ha podido ejercer el Consejo de Seguridad por el veto recíproco entre la alianza sino-rusa y el bloque occidental de británicos, franceses y norteamericanos.
Lo que Bolivia tampoco ha reflexionado es que en un mundo sin Consejo de Seguridad, los astronómicos gastos de las intervenciones militares que decidiría la Asamblea General, tendrían que ser solventados por el G77. Marginadas las grandes potencias militares que forman el actual Consejo de Seguridad, habría que destinar presupuestos extraordinarios para reemplazar el poder de fuego que hasta acá, solo pocos arsenales poseen. Y es que tener poder no solo implica gozar de prerrogativas, también obliga a contraer responsabilidades.