Escribir historias sin ser historiador
Actualizado: hace 2 días

Ana María Lema Garrett
La Paz, Librería Plural, 9 de septiembre de 2026
Este libro se ha hecho esperar. Anoticiada y amenazada por su autor desde mayo de 2025, me tocó leerlo a pedazos, con cierta desconfianza hacia los que escriben historias sin ser historiadores. Bien q’onana, che. Pero la suspicacia se fue haciendo añicos a medida que desfilaban las páginas del libro en mi pantalla.
No fue fácil: el título es una suerte de trabalenguas y un guiño a los lectores, representativo de la experticia del autor en títulos inolvidables. Tampoco fue fácil pues confieso mi poco conocimiento en torno a la historia bélica y las guerras subrogadas. Por tanto, esto es más que un reto: es una aventura, es un viaje.
El autor se ha propuesto analizar las relaciones entre los Estados Unidos de Norteamérica y numerosos países del llamado Atlántico Sur (no así hemisferio sur), todos ellos ex colonias europeas –República Dominicana, Nicaragua, Cuba, Filipinas, México, Bolivia, Guatemala, Uruguay, Chile, Afro-anglo Caribe, Haití–, a lo largo de dos largos periodos: de 1791 a 1945, es decir, el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de otra guerra, de otro tipo de intensidad (la Guerra Fría) y desde entonces hasta 1992.
Vale la pena mencionar que el punto de partida del libro fue una reflexión de Rafael Archondo, al inicio de este siglo, en torno a la guerra del Chaco, a partir de la cual le fueron persiguiendo varias preguntas, como “¿Subsisten hoy aún los imperios?, ¿existen acaso guerras teledirigidas?, ¿son siquiera posibles?” (Archondo, 2026: 41). Un cuarto de siglo más tarde, las respuestas quizás se encuentren en estas páginas.
La estructura del libro es llamativa, no solo por los cortes temporales que harían temblar a más de un historiador, sino por los títulos de las partes:
- Preámbulo y contexto (4 acápites)
- Mundo sin marionetas: 1791-1945 (10 acápites)
- Ni bueno ni bonito: 1945-1992 (9 acápites)
- Inquieto patio trasero (2 acápites)
Del objetivo del texto, de su propósito, de su alcance nos hablará el mismo autor. Por mi parte, al no ser experta en la materia, prefiero encauzar mis comentarios en torno a la manera en que el autor ha abordado estas historias y se ha relacionado con la Historia, es decir, lo que en el mundo académico llamamos la metodología.
Sin embargo, previamente, quiero señalar algunas afirmaciones del autor sobre la Historia dignas de ser discutidas y comentadas –lo que probablemente haga con mis estudiantes. Acá, solo las pongo en consideración. Archondo dice lo siguiente:
Uno de los afanes del historiador sería hacer algo así como buscar las huellas previas de la propia pisada presente, o, de tratar de escarbar similitudes con lo ya acontecido a fin de darle un sentido arbitrario o afortunado de continuidad. Así, más que para darle la razón a los vencedores, la Historia como actividad del conocimiento suele ser empleada en los hechos para legitimar a quienes esperan vencer en la medida en que caminan por una ruta que ya sienten suficientemente explorada, pero más aún, aplaudida. Por eso, las tribunas públicas están llenas de políticos memoriosos que se adjudican hechos sucedidos cuando ellos no habían nacido. Se trata de la búsqueda ansiosa de la predestinación calculada. La Historia es útil para los que atinan a encontrar huellas en el pasado, atribuibles como propias de un modo verosímil para sus contemporáneos (Ibid.: 22-23).
… lejos de ser la tumba de los vencidos, la Historia sería un ajuste de cuentas en el tiempo de los vivos con los utensilios elaborados y experimentados en el tiempo de los muertos. Se podría decir entonces que quien escribe Historia, premia y castiga, es decir, distribuye valoraciones, echa mano de una caja de herramientas con cuyos utensilios limpia o ensombrece a conveniencia. Añadamos que el debate histórico se produce en el único sitio en el que puede encontrar una residencia: en el presente, y es desde aquí desde donde se valora cada reverberación evocada. Por tanto, nadie mira ni actúa alejado de sus circunstancias (Ibid.: 23).
Por todo lo dicho, estamos ya en condiciones de exponer el primer par de enunciados preliminares que arropan una zambullida inaugural en este libro: la Historia no es una vacuna que evita repetir yerros ostensibles registrados antes, pero tampoco puede ser vista como un ciclo en el que determinados hechos se repiten bajo nuevos disfraces. Afirmaciones como “aprender la Historia para no repetirla” o “ayer como drama, hoy como farsa” deslumbran sí en la charla ligera, pero debieran despertar suspicacia cuando menos en el curso de un abordaje meticuloso. En suma, para Inquieto Patio trasero, la Historia es el recuento selectivo de los hechos, orientado a reinterpretar o corregir las claves de un presente, que se juzga mal retratado. Su utilidad es argumentativa y política, no sirve ni de conjuro y menos de pócima mágica. (Ibid.: 24).
Ahora bien, ¿cómo ha trabajado el autor? De entrada, propone una relectura de la Historia, una mirada renovada sobre lo que tradicionalmente se nos comparte o nos enseña (si nos dejamos), a partir de la cual se vislumbran nuevos actores, nuevos relatos, nuevos enfoques. Utiliza términos como “rebeldía en la historia”, “contra-historia”.
Lo que él llama la reconstrucción de la Historia se conoce, en el ámbito académico, como el revisionismo histórico, entendido como el estudio crítico de los hechos del pasado, así como los relatos oficinales a la luz de nuevas fuentes con el fin de revisarlo y reinterpretarlo. Una expresión extrema del revisionismo es el negacionismo que implica negar el desarrollo de hechos o procesos históricos, como el Holocausto, por ejemplo, o que los hombres hayan llegado a la Luna. Pero ambos términos, revisionismo y negacionismo, son poco amigables y atractivos.
Más llamativa es la propuesta que Archondo construye en torno al concepto de las guerras subrogadas, concepto cuyas definiciones van evolucionando a lo largo del libro. ¿Qué es subrogar? Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es “sustituir o poner a alguien o algo en lugar de otra persona o cosa”. Subrogar una guerra es que otros combatan en nuestro nombre, y eventualmente ganen, sin que nosotros hayamos derramado sangre ajena o propia. La subrogación se constituye, pues, en el eje central de esta nutrida investigación.
Según Archondo, la guerra subrogada es:
… un conflicto violento en el que se superponen estrechamente dos o más planos de acción. … uno sería el plano subrogante y el otro, el subrogado. Ello implicaría una jerarquía automática de partida del primero en detrimento del segundo (Ibid.: 25).
Se refiere a un concepto parecido, el de la proxy war, es decir un conflicto bélico perpetrado por los cercanos a (o subrogados de) quienes patrocinan el choque a prudente distancia. Podría hablarse también de intermediarios” (Ibid.: 26).
¿Cómo aborda estas temáticas? ¿Cuál fue su manera de trabajar? Volvamos a una aclaración estratégica del autor que estremecería a los académicos y docentes que somos, pero que es muy valiosa en sí. Archondo señala que no recurrió a fuentes primarias para elaborar este libro, lo que no es cierto del todo. Esta se alimentó de otras investigaciones a las que pudo acceder mediante la consulta de la plataforma JSTOR que reúne una cantidad notable de insumos en diversas temáticas procedentes principalmente de académicos del mundo anglo-sajón, en una cueva de Ali Babá para los curiosos. De esta manera, en palabras del autor: “En materia de datos, cuando menos acá, el Atlántico norte se puso a ayudar al Atlántico sur.” (Ibid.: 43).
¿A qué resultados llegó? En el último capítulo, el autor plantea una nueva definición de las guerras subrogadas abordadas en 18 episodios analizados a detalle que constituyen estudios de caso. Para él, una guerra subrogada es:
… un conflicto violento, es decir, armado, en el cual participan, siempre dentro de un mismo país, distintos actores estatales y paraestatales (regulares e irregulares), que deben su lealtad y convicciones a motivadores tanto endógenos como externos o foráneos (extraterritoriales) (Ibid., p. 545).
Por tanto, se trata de una guerra que aparenta ser civil pero que tiene un carácter internacional, lo que hace de ella una guerra internacional encubierta, afirma.
Prosigue describiendo algunas características o rasgos de estas intervenciones extranjeras en un espacio nacional ajeno, como la opacidad y la densidad, que prefiero que él mismo defina. Además, rescata que más allá de los actores externos cabe tomar en cuenta a los actores internos, a saber, los combatientes directos. Otros actores, menos visibles, son los terceros, los articuladores, con un protagonismo mayor al que se solía creer:
Es importante remarcar que el actor intermedio o articulador goza de una posición privilegiada. Su localización le concede una visión que nadie más tiene. Por un lado, conoce y a momentos modela las decisiones de la potencia subrogante o renuente y por el otro, pisa el terreno en el que se dilucidan los combates. Para la potencia, el articulador es sus ojos y oídos, pero también la voz delegada del poder externo, con todo su prestigio o descrédito avergonzado, mientras que para el combatiente directo es su confidente y su consejero, el puente con el poder lejano y supuestamente dirimidor (Ibid.: 550).
Es este conjunto dispar de actores que el autor nos invita a conocer en las páginas de su libro.
Para cerrar, me permito formular dos comentarios más: El primero se refiere a la tapa del libro y las consideraciones recientes acerca del fin del uso del mapamundi de Mercator, ya que las Naciones Unidas han adoptado una resolución que reconoce la falta de justicia, equidad, equilibrio o visibilidad de la versión anterior. De manera que esta tapa es un tanto premonitoria acerca de lo que se llama el ‘orden mundial’, que algunos disfrutan desordenando al cambiar escalas y nombres.
El segundo recuerda que este libro es un complemento a Tan faltos de aire. Historia de las Relaciones entre Bolivia y los Estados Unidos (1848-2008), escrito con Gonzalo Mendieta y presentado acá mismo hace 71 días –ya que los días constituyen la nueva unidad de medida de nuestra historia reciente. A diferencia del Inquieto patio trasero, Tan faltos de aire aborda específicamente las relaciones entre Bolivia y Estados Unidos a lo largo de 160 años, especialmente a partir del uso de fuentes primarias inéditas y sorprendentes conservadas en la Biblioteca del Congreso, a saber, entrevistas realizadas al cuerpo diplomático estadounidense entre 1987 y 2010, por ejemplo, así como otras fuentes más tradicionales. Por tanto, los dos libros dialogan entre sí, a su manera.
Y, para terminar, releo la última frase de la contratapa, referida a sus fuentes, que señala que este recorrido: “… es quizás una digestión desde el Atlántico sur de mucho de lo pensado en el Atlántico norte”.









































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